Las caras ocultas del feminismo

Las caras ocultas del feminismo
10 minutos

Mujeres racializadas sienten que se les ha dado la espalda

Carolina Elías

Carolina Elías, de 42 años, es abogada y salvadoreña. Emigró a España en 2009 para hacer un máster en estudios de género. Lo acabó y quiso seguir con el doctorado, pero ni el dinero ni su visado se lo permitieron (con el permiso de residencia de estudiante no se puede trabajar). Entonces, en 2012, Elías decidió unirse al sector laboral más común para una mujer migrante:el servicio doméstico.

“Lo tuve que hacer porque fue el único nicho laboral que encontré”, relata Carolina, quien estuvo trabajando como cuidadora y en agencias de limpieza. Después de dos años en el trabajo del hogar, Elías volvió a acercarse a lo que en realidad le apasiona y ha marcado su carrera laboral desde su país de origen: la justicia social. Desde el 2014, es presidenta de la organización Servicio Doméstico Activo (SEDOAC), que reivindica los derechos de las que, como hizo ella, trabajan en casas de otros.

A pesar de que hace seis años entró en vigor una ley que regula el servicio doméstico, Elías piensa que todavía no existe una igualdad de derechos con el resto de profesiones. “No hay derecho al paro ni una inspección de trabajo efectiva, por ejemplo”, afirma Elías, quien dice conocer casos de chicas que, por miedo a perder el trabajo, aceptan condiciones extremas.

Para muchas, perder el trabajo “es un lujo que no se pueden permitir, tienen que enviar dinero a sus familias, pagar sus deudas por el viaje que han realizado y también poder sobrevivir”, cuenta la activista. Algunos empleadores se aprovechan de la situación: “Conozco a una chica que estaba aceptando horas extras por el mismo sueldo porque sus jefes le prometieron que le iban a hacer los papeles”.

En este contexto de precariedad y supervivencia, participar en la huelga feminista del 8 de marzo fue un lujo que no todas las trabajadoras del hogar se pudieron permitir. “Las empleadas de hogar no pueden hacer la huelga porque tienen que cuidar a tu padre, tienen miedo a ser despedidas”, dice la salvadoreña.

Aunque reconoce que ha habido acercamientos con el movimiento feminista hegemónico –el mainstream, el que vemos en la tele y el principal protagonista de la huelga–, la presidenta de SEROAC cree que las mujeres como ella han sido invisibilizadas y dejadas de lado. “Se le dio mucho énfasis a la mujer como ama de casa y al trabajo de la mujer no remunerado, pero faltó darle igual importancia y visibilidad al trabajo remunerado”, opina Elías.

Vivir aquí y allá

Antes de venir a vivir a España, Elías trabajaba como abogada en San Salvador. Ayudaba a mujeres empleadas de fábricas textiles en asuntos de derecho laboral y violencia doméstica. Después de nueve años fuera de su país, lo que más le limita como migrante es no haber conseguido homologar su diploma en derecho.

A pesar de que ya no ejerce el servicio doméstico, le siguen preguntando si trabaja de “interna o externa”. “Dan por hecho que la panchita tiene que trabajar en el empleo doméstico, dan por hecho que no tengo una carrera, que no tengo capacidades”, cuenta Elías.

Últimamente, dice que se ha sentido decepcionada con el odio que ha renacido (en especial en redes sociales) a raíz del asesinato del niño Gabriel, a manos de una mujer de origen dominicano. “Así como hay extranjeros malos hay extranjeros buenos, la gente que comete delitos no depende de eso [su origen]”, argumenta la activista.

Sin embargo, Elías no se arrepiente de haber migrado a España y dice que ha crecido como persona de una manera que no hubiese sido posible si aún viviese en Centroamérica: “No soy española, pero no tampoco soy la misma mujer que salió hace nueve años de El Salvador”.

A sus treinta años, antes del parto de su segundo hijo, a Silvia Agüero le ofrecieron una ligadura de trompas. Para ella, activista gitana y feminista acérrima, el ofrecimiento no fue inocente, sino que estaba cargado de prejuicios contra las mujeres de su comunidad.

“Se nos convence para que no tengamos más hijos porque creen que eso significa un aumento de las ayudas asistenciales”, dice Agüero, quien tiene un nombre concreto para los incidentes de este tipo: violencia etno-obstétrica.

Para entenderlo, primero hay que saber qué es la violencia obstétrica, sufrida por miles de mujeres alrededor del mundo sin importar su raza, etnia o clase social. Se trata del maltrato a las embarazadas antes, durante y después del parto. Esto incluye desde humillación verbal (como le dijeron a Agüero “no puedes parir”, “te quejas mucho”), pasando por prácticas invasivas y llegando a forzar o coaccionar a las mujeres para realizar ciertos procedimientos médicos, como la cesárea o la epistomía (rajar la zona entre la vagina y al ano para facilitar el parto).

En España, por ejemplo, el número de partos inducidos es casi el doble de la media estándar de la OMS: un 19.4% frente a un 10%. La cifra es aún mayor para la estimulación con oxitocina, usada en más de la mitad de los partos para inducirlos, mientras que el organismo de la ONU recomienda que se haga en menos del 10% de los casos.

Para Agüero, las mujeres gitanas sufren, además de estas prácticas, maltratos cargados de prejuicios contra su etnia. Existen pocos datos que demuestren lo que, para la activista, es un secreto a voces en su comunidad. Sin embargo, un estudio de la población gitana en dos barrios de Barcelona refleja parte de lo que ella denuncia: el porcentaje de mujeres romaníes con ligadura de trompas es tres veces más alto que el de las no gitanas.

Lo que faltó en el 8M

Las reivindicaciones de las mujeres como Agüero, sin embargo, no resonaron entre las voces del 8M. “Las mujeres payas blancas luchan porque haya un aborto libre, pero se juzga a las mujeres gitanas que tenemos muchos hijos”, dice la activista, quien no participó en la huelga feminista.

Aunque dice que muchas otras gitanas sí que asistieron a la manifestación, piensa que la idea de la huelga de cuidados era “absurda”: “Yo tengo una niña de dos años a la que le doy la teta, ¿qué le digo? ¿Que estoy en huelga y no le puedo dar?”, se cuestiona la autora del blog Gitanízate.

Ella, como muchas otras feministas no blancas, opina que el movimiento hegemónico las excluye e instrumentaliza: “Le hace falta [al movimiento feminista] contar con mujeres deshumanizadas por el sistema y por la sociedad paya española blanca”.

Otra de las necesidades de las mujeres gitanas que estuvo excluida del discurso del 8M fue el derecho a un empleo digno: “Si la mayoría de las mujeres gitanas o somos autónomas, porque vamos al mercadillo, o ni siquiera tenemos trabajo. ¿Cómo vamos a pedir igualdad salarial si lo que queremos es un empleo real?”.

Según un informe de la UE, solo el 19% de los gitanos de entre 20 y 64 años residentes en España declaró estar empleado o haber realizado un trabajo remunerado en el último mes. El mismo dato para la población ‘paya’ es del 62%. El estudio, que comparaba la situación de las comunidades romaníes en distintos países europeos, también concluyó que el 98% de los gitanos en España está por debajo del umbral de pobreza. Es decir, menos de 684 euros al mes.

Para Argüero, no habrá un cambio real dentro del feminismo hasta que no se tenga en cuenta la diversidad de las experiencias de las mujeres: “No me gustan las palabras payas como inclusión; falta que estemos nosotras y que realmente se llame feminismos y no feminismo”.

Antes de dejarse el pelo natural, Desirée Bela-Lobedde no sabía que podía dejar de alisárselo. Había vivido siempre tomando precauciones; alzaba el cuello cuando se metía en la piscina para no mojarse, llevaba siempre un paraguas en su bolso e iba a la peluquería cada semana. Empezó a ver videos de mujeres afroamericanas que daban consejos sobre el cuidado del pelo y bajo el título ‘transition’ encontró esa idea que cambió radicalmente su vida: podía vivir sin todo aquello.

“De entrada, sentí la liberación”, dice esta barcelonesa de 39 años, quien desde su canal de YouTube se dedica a lo que ella llama ‘activismo estético’. Para ella, desde la imagen “se puede hacer un proceso identitario muy potente”, que empieza con la reconexión con todo lo afro, desde reivindicaciones políticas como Black Lives Matter (en español, las vidas afroamericanas importan) hasta la imposición de los estándares de belleza blancos.

Aunque pueda parecer un asunto banal, el asunto del pelo natural en las mujeres negras ha simbolizado, por ejemplo, la resistencia afro en la época de los derechos civiles y también durante los años 70 y 80, con el movimiento Black Panther en Estados Unidos. Es también una elección que reivindica la existencia de las personas afrodescendientes en países donde son minoría.

Un estudio hecho en el 2016 por el Perception Institute demostró cómo las estadounidenses blancas expresan prejuicios negativos contra las afroamericanas que tienen su pelo natural: piensan que es menos atractivo y menos profesional que el pelo alisado. El objetivo de Bela-Lobedde con sus videos es el “empoderamiento a través del autocuidado”. Además de ello, tanto en YouTube como en su blog y en las redes sociales, la activista muestra cómo es la vida de una mujer negra en el país.

Para ella, “España no acepta su propia diversidad, pretende parecerse a la Europa blanca del norte cuando tiene mucho más del norte de África”. Crecer como hija de ecuatoguineanos en un país así ha hecho que Bela tuviera que plantearse su propia identidad. Hoy en día, no tiene muy claro cómo conjugar la cultura de su familia con el ser española. “No puedes abrazarte a la cultura de tu familia, porque no la has vivido directamente, pero vives en un sitio que te niega sistemáticamente”, dice la activista. “Te sientes como en un limbo; ni chicha ni limoná”.

Con solo once años, su hija ya está empezando a ver las consecuencias de esa ambigüedad. En un hilo de Twitter, Bela contó cómo en el colegio sus compañeros de clase se burlaron de ella diciéndole: “Te llamas África porque has nacido en África”.  

Bela trata de que sus hijas crezcan viendo a afrodescendientes como referentes de lo que pueden llegar a ser. Recuerda cuando las llevó, hace dos años, a la inauguración de la feria del Centro Panafricano en Madrid, donde acudieron personas afro de todo tipo de profesiones: fotógrafos, periodistas, profesores. “Es súper importante que no vean ninguna limitación, que vean que hay gente que se dedica a todo”, dice Bela.

La bloguera cree que el feminismo predominante en España no tiene en cuenta a mujeres que, como ella, navegan distintas identidades. “Siento que el feminismo mainstream está de espalda al resto de los feminismos”, dice Bela, “hablan del machismo y no son conscientes de que ellas, siendo blancas, tienen muchas veces comportamientos discriminatorios hacia otras mujeres”.

 

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